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COVID-19 y deporte

Desde la irrupción en España del virus COVID-19 parece que vamos a poder hablar de un antes y un después en muchas de las facetas que regulan nuestra vida. El deporte es, sin duda, una de ellas. Todos los aficionados podrían tener interés por ver cómo esta nueva etapa postepidémica puede afectar a los practicantes profesionales o aficionados al deporte.

Antes de nada, habría que recordar que estamos ante la situación nueva de una epidemia de un virus desconocido, aunque de una familia que ya se había dejado ver en las epidemias de SARS y MERS (también de la misma familia de virus) hace unos años. Por lo tanto, habrá muchas cosas que se podrán presumir, pero ninguna predecir sin temor a equivocarnos.

Los afectados por este virus tienen formas de presentación muy dispares: asintomáticos, oligosintomáticos y aquellos con sintomatología florida de neumonía, agravada por la presencia de comorbilidades, como las alteraciones previas pulmonares, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes. Parte de su pronóstico depende de ellas y ahora sabemos que también de la edad. El riesgo de muerte se duplica en la década de los 50, y se multiplica por 2 con cada década, siendo especialmente letal a partir de los 70-80 años.

Teniendo en cuenta la edad, parece que pocos deportistas convencionales pueden sentirse amenazados por la mayor morbilidad del virus, sin embargo, y fruto del desconocimiento que le rodea, tampoco sabemos, aunque no esperamos, que pueda presentar secuelas, desconocidas hasta ahora, distintas del resto de las neumonías.

Neumonía y actividad física

Una neumonía es incompatible con una actividad física de mínimo requerimiento, eso se sabe; pero vayamos a cómo puede afectar al futuro de los afectados.

La función pulmonar tiene un control neurológico que responde a múltiples parámetros que lo regulan. Recordemos que su finalidad es la de mantener las concentraciones adecuadas de O2 (oxígeno), fundamentalmente en los tejidos, pero también la de regular la presencia en las cantidades adecuadas de CO2 (dióxido de carbono) e hidrógeno (pH) en nuestro organismo. Estos dos últimos controlan la respiración por acción sobre el centro respiratorio. También ejerce esta acción, aunque más tardíamente, la cantidad de O2 en sangre, actuando sobre los quimiorreceptores de carótidas y aorta.

El intercambio del O2 y el CO2 se produce en los alveolos pulmonares que, para actuar eficazmente, deben tener un equilibrio entre la función pulmonar (ventilación) y la función cardiovascular (perfusión). Así, un pulmón eficaz será aquel que tome mucho aire en la inspiración y elimine mucho CO2 en la espiración, dejando un mínimo espacio muerto que es el que no actúa en el intercambio de gases. Ese patrón es el del pulmón del deportista, fundamentalmente aeróbico: gran capacidad vital (CVF) y gran capacidad de vaciamiento (VEMS -volumen espiratorio máximo por segundo- 1, 75%, 50%  y 25 %). Esto es gracias a mantener una muy buena elasticidad.

La neumonía por COVID 19 produce una gran respuesta inflamatoria que afecta a todo el tejido pulmonar (neumonía bilateral) e impide tanto el paso de O2 a sangre, como la eliminación del CO2, lo que lleva a un distrés respiratorio por obliteración alveolar, es decir, por obstrucción. Esta situación es peligrosa en sí misma, ya que lleva a la insuficiencia respiratoria, pero lo es más porque nuestros órganos precisan del O2 que el pulmón no puede aportar en esta situación. El fallo multiorgánico es el resultado de la infección y sus complicaciones a distancia.

Un 80% de los afectados sobrevive, pero ¿cuáles serán sus secuelas? Como hemos dicho, no nos preocupan los grandes deportistas, ahora nos preocupan los grandes y anónimos deportistas que han elegido el deporte como medio para mejorar su calidad de vida y a ellos sí puede afectarles decisivamente haber padecido la infección, hayan o no hayan sido sintomáticos. Aquí influirán muchos factores: patogenicidad del virus, el tabaquismo, la malnutrición (ojo al IMC y algunos hábitos alimentarios) y otros.

Controles médicos con un especialista

En general, nos encontraremos con una nueva etapa en la que tendrán que controlarse medicamente, sí o sí, todos los que hayan pasado la enfermedad. Habrá que descartar si se han activado o agravado patologías previas como la EPOC, infecciones mal curadas con derrames pleurales y restricción pulmonar.

Las bronquiectasias pueden ser nidos de infección que pueden quedar cronificadas en los bronquiolos terminales y comprometer la función pulmonar. Pero quizás, la posible aparición de cierto grado de fibrosis pulmonar y la consecuente pérdida de elasticidad pulmonar es lo que más puede comprometer la función respiratoria de nuestras eternas promesas con la limitación de su capacidad vital (volumen de aire que pueden insuflar nuestros pulmones).

La hipereactividad bronquial y posible asma secundaria también se podrá presentar. También se puede producir más facilidad de sobreinfección, por ello es recomendable evitar las temperaturas excesivamente frías este próximo invierno.

Además, las alteraciones cardiovasculares pueden ser perjudicadas por una neumonía, aumentando su riesgo vital. La pleura y el pericardio son membranas contiguas.

Los pacientes diabéticos pueden verse afectados al aumentar su influencia en las funciones cardíacas o renales.

¿Qué tenemos que hacer?

En primer lugar, contactar con un especialista en medicina deportiva para monitorizar la función respiratoria y verificar la ausencia de secuelas. Una espirometría o una prueba de esfuerzo nos dará nuestro nuevo nivel, desde el que tendremos que empezar.

En segundo lugar, es más importante que nunca un comienzo suave de la actividad física y una progresión de carga ligera. Este ejercicio será el mejor acondicionador para su aparato respiratorio y sin el ejercicio será imposible que recupere la pérdida de función dejada por el COVID-19.

Los deportistas de ultraresistencia y pruebas de gran fondo deben ser muy controlados en su vuelta a la actividad. Especial atención merecen los deportistas de altura, en los que se suman dos factores patogénicos: la propia secuela inflamatoria pulmonar y el déficit de O2 propio de las grandes alturas. Ambos limitan la función y pueden comprometer nuestra vida.

Tenemos mucho tiempo para preparar cualquier prueba popular y no tiene que ser la más cercana en el tiempo. Es recomendable dejar pasar este verano y empezar ligeramente con el otoño.

Recuerda lo que decimos siempre: en deporte no siempre más es mejor. Es un buen momento para ponerse en manos de un especialista

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