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SARS-CoV-2. La última palabra

La pandemia por covid-19 que estamos sufriendo ha irrumpido en nuestras vidas para alterar el equilibrio inestable en el que se movían los países en el ámbito sanitario. Además, también se ha demostrado que ha afectado a todos los órdenes de nuestra vida que componen eso que llamamos la sociedad del bienestar. Como en el juego de las fichas de dominó, cada ficha arrastra en su caída a la siguiente. Todo ello ha destrozado lo que define a la sociedad: la interacción entre sus miembros.

Hemos tenido que aprender sobra la marcha. Las hospitalizaciones crecían y con ellas lo hacían la utilización de camas UVI hasta la inhabilitación de nuestros grandes hospitales que eran el estandarte de una medicina que ha mostrado sus debilidades. La carrera por la vacuna es ahora el elemento principal y aún queda mucho por saber respecto a la infección y, sobre todo, a la evolución de las personas infectadas.

Después de las epidemias por coronavirus de 2003 y 2012 en China y Oriente Medio, parece que el virus es capaz de reconformarse genéticamente para atacar a varias especies animales, que actuarían como huéspedes de paso, desde las que afectar a los humanos. Un virus “inteligente”, capaz de infectar sin síntomas, que lo hace aún más peligroso y permite una propagación difícil de contener.

Tampoco podemos entender la manera de reacción en cada paciente, su respuesta inflamatoria, inmunitaria o clínica y su desigual compromiso vital para unos pacientes u otros. Sí se han podido definir determinados factores de riesgo, como son la edad, el sobrepeso, déficit de vitamina D y algunas comorbilidades, fundamentalmente cardiovasculares.

En su fase aguda, la inflamación del parénquima pulmonar y la neumonía bilateral con deficiente oxigenación de los tejidos no son la única manifestación. La sepsis viral compromete a todos los órganos o sistemas, y la debilidad inmunitaria facilita la superinfección por bacterianas o de hongos oportunistas. Alteraciones de la coagulación y fenómenos tromboembólicos, pulmonares, neurológicos o cardíacos comprometen la vida del paciente. Las alteraciones hepáticas, renales, cardíacas pueden desencadenar fallo multiorgánico y amenazar la vida del paciente. A pesar del rápido aprendizaje sobre la covid-19, la escasez de pruebas diagnósticas es una piedra en el camino de un ideal manejo de la enfermedad, así como la temporalidad de la respuesta inmune.

Ante tal escenario, viviremos en delicado equilibrio con el virus hasta que aparezca la vacuna. La prudencia y la responsabilidad individual serán nuestros mejores aliados más allá de las normas sanitarias que debemos respetar.

Muchos pacientes han fallecido, pero los supervivientes evolucionarán a formas de la enfermedad llenas de dudas, que aumentan por el uso de las terapias agresivas no exentas de complicaciones y efectos secundarios como el uso de respiradores o los ingresos en UVI.

El cansancio o astenia extrema suele ser una constante en estos pacientes, algo característico de otras afecciones como la hepatitis, mononucleosis infecciosa, enfermedad de Lyme, etc.

El sistema respiratorio con lesiones residuales en campos pulmonares y futuras patologías obstructivas de pequeñas vías y fundamentalmente restrictivas, podrá ser el  más afectado. La alteración inmunitaria ha sido descrita en muchos trabajos. El corazón, por proximidad y por la propia sepsis viral, es vulnerable ante patologías secundarias como la miocarditis y miocardiopatías, arritmias, endocarditis y afectación de todo sistema circulatorio en su conjunto. También las alteraciones neurológicas, amnesias, desubicación temporoespacial, pueden ser explicadas por los cuadros tromboembólicos cerebrales y sus secuelas. La función nerviosa periférica tiene mucho que ver con la actividad muscular, que también se ha visto afectada por cuadros de dolor muscular, parestesias y pérdida de fuerza.

Todo ello facilita astenia y cansancio prolongado, perpetuado por el compromiso neuromuscular y el sedentarismo que retroalimenta la pérdida de función y la astenia residual.

Pensar en cuadros de «pseudo fatiga crónica» no parece descabellado. De la misma manera que los casos conocidos de síndrome de fatiga crónica suelen tener una infección vírica, filiada o no, en sus antecedentes no sería extraño que estemos ante un nuevo factor desencadenante de este síndrome o encefalomielitis miálgica. Tener un diagnóstico de certeza del padecimiento de la enfermedad podrá dar mucha luz sobre el problema.

El futuro nos despejará muchas incógnitas, sin duda. De hecho, la astenia y la sensación de falta de aire pueden ser habituales compañeros de viaje en la recuperación. La severidad de estos cuadros podrá limitar evidentemente la funcionalidad de las personas afectadas y requerir bajas temporales, acortamientos de jornada laboral o incluso determinados grados de invalidez. El SARS CoV-2, aún no ha dicho su última palabra.

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